Emitida en la segunda Asamblea presencial celebrada en Bandung, Indonesia, del 11 al 17 de abril de 2026.
A los pueblos del mundo y a quienes luchan contra todas y cada una de las formas de opresión e injusticia. A toda la vida, incluidas todas las especies no humanas. A los gobiernos de los Estados-nación del mundo y a las instituciones internacionales.
La humanidad y todas las formas de vida en la Tierra se encuentran al borde de un colapso ecológico, social, cultural y económico catastrófico. Sin embargo, en medio de esta oscuridad cada vez más profunda, persisten múltiples puntos de luz: luchas que sostienen la vida, confrontan las raíces de estas crisis y abren caminos hacia futuros regenerativos. Dedicamos esta Declaración a esas luchas por la justicia, la dignidad y la liberación.
Con la presencia de setenta personas participantes de veinticinco países, en representación de diversas comunidades, organizaciones, movimientos sociales y redes, el Tejido Global de Alternativas (TGA) celebró su segunda Asamblea presencial del 11 al 17 de abril de 2026 en Bandung, Indonesia. Rodeadas de árboles de la selva tropical, montañas y volcanes, y guiadas por rituales, nos reunimos para compartir, fortalecer y tejer alternativas arraigadas en la tierra, orientadas a romper con el sistema dominante y abrir caminos hacia formas directas y radicales de democracia política y económica, autosuficiencia local, justicia social, equidad, diversidad cultural y epistémica, y resiliencia socioecológica. Estas alternativas incluyen iniciativas de agricultura regenerativa y holística, soberanía comunitaria del agua, la energía y los alimentos, economías solidarias y del compartir, control obrero de la producción común de recursos y conocimiento, respeto por los derechos de la naturaleza y los derechos humanos colectivos e individuales, paz y coexistencia interétnica, democracia radical, así como procesos más amplios de autonomía y autodeterminación colectiva que buscan transformar la manera en que las comunidades se gobiernan y organizan las relaciones de cuidado, producción e intercambio en la vida cotidiana.
Setenta y un años después de la Conferencia de Bandung de 1955, cuando representantes de veintinueve países africanos y asiáticos se reunieron en un encuentro histórico de solidaridad anticolonial y no alineamiento, regresamos a Bandung convencidas y convencidos de que su espíritu sigue vivo. Forjado en desafío a la dominación colonial, la agresión imperial y la división violenta del mundo en bloques de la Guerra Fría, Bandung afirmó la posibilidad de solidaridad entre pueblos y territorios que buscaban autonomía frente al poder imperial. Sin embargo, este espíritu nunca fue producto exclusivo de la diplomacia estatal; también fue tejido por la organización colectiva de mujeres, movimientos, comunidades y pueblos cuyas luchas antiimperialistas han sido borradas con demasiada frecuencia, incluida la Conferencia de Mujeres Asiático-Africanas de 1958 en Colombo, posteriormente recordada como el “Bandung de las Mujeres”.
El espíritu de Bandung se extiende mucho más allá de los discursos de estadistas, las políticas gubernamentales o las declaraciones diplomáticas. El proceso durante y después de 1955 permaneció en gran medida centrado en los Estados-nación y en nociones convencionales de “desarrollo”; ambas profundamente marcadas por el patriarcado. Estos fundamentos limitaron la supervivencia de la promesa original de Bandung. Nos reunimos con otro horizonte en mente: pensar un futuro no moldeado por el Estado-nación, ni por los imperativos del desarrollo, sino arraigado en vidas dignas y significativas, en la pluralidad de formas de ser, conocer, existir y relacionarse con el mundo, y en relaciones de comunalidad, solidaridad y cuidado entre la vida humana y más-que-humana, que deben ser plenamente reconocidas y respetadas.
La Asamblea del TGA tuvo lugar en medio de una crisis civilizatoria cada vez más profunda. La guerra y la militarización se expanden; el autoritarismo y el fascismo se intensifican, y el colapso ecológico y climático avanza mediante el extractivismo, el desplazamiento forzado, la criminalización de movimientos y defensores de la tierra, y la destrucción de territorios. El genocidio en curso en Gaza es una de las expresiones más claras de un sistema de opresión e injusticia que siguen acumulando riqueza mediante el despojo: desde expulsiones hasta el exterminio de pueblos en las Américas, Asia, África y Oceanía, así como mediante la subyugación de tierras, cuerpos y mundos considerados desechables. La ruptura de la humanidad con el resto de la naturaleza, arraigada en la negación de nuestra dependencia de otras formas de vida y de su derecho a prosperar, está produciendo impactos catastróficos, incluida la extinción masiva. Este proyecto civilizatorio continúa hoy a través de lo que nuestras y nuestros colegas Mapuche de Wallmapu llaman Terricidio: la convergencia de guerras, genocidios, ecocidios y etnocidios mediante la militarización, la ocupación, el extractivismo, la violencia racializada y de género, y la designación de territorios y pueblos enteros como zonas de sacrificio. Al mismo tiempo, enfrentamos una crisis de sentido marcada por el hiperindividualismo, la soledad, el miedo, la pérdida de horizontes colectivos y la erosión de compromisos éticos y políticos. Formas enteras de vida están amenazadas mientras la biodiversidad, las lenguas, las memorias y las cosmovisiones son aniquiladas.
Estos daños irreparables deben ser rechazados y enfrentados. El llamado a la acción es más urgente que nunca, pues muchas de las llamadas “soluciones” impulsadas por los gobiernos —incluidas las “transiciones verdes” y las políticas que buscan “justicia” a través de los mercados o de las instituciones del Estado-nación— suelen reproducir o profundizar las mismas lógicas opresivas que produjeron la crisis. La resistencia es necesaria no sólo frente al saqueo intensificado de territorios designados como zonas de sacrificio, sino también frente a la destrucción de conocimientos, pueblos y lenguas. Al interrumpir el monólogo del desarrollo, que insiste en que sólo existe una forma “superior” de conocer, ser y hacer, las luchas alrededor del mundo reclaman aquello que ha sido considerado “obsoleto” o vuelto “invisible”: palabras, lenguas, conocimientos y formas de vida que la empresa del desarrollo ha buscado borrar. Nuestra respuesta comienza por nombrar esta realidad con claridad, negarnos a normalizarla, organizarnos contra ella y trabajar para desmantelarla en nombre de la liberación total: la convicción de que ningún ser, pueblo, territorio o ecosistema puede ser libre mientras permanezcan intactos los sistemas de jerarquía, explotación o dominación.
Un ejemplo de resistencia organizada es la comunidad indígena Sunda Wiwitan, que nos recibió en su territorio durante la Asamblea. Su historia antecede al Estado-nación indonesio, y cuenta con cosmovisiones, valores, creencias, derecho consuetudinario, territorios ancestrales y formas propias de continuidad intergeneracional. Hoy, siguen exigiendo pleno reconocimiento y protección legal a nivel regional y nacional. La falta de reconocimiento ha permitido violaciones a sus derechos fundamentales, incluidas injusticias relacionadas con sus territorios ancestrales, el acceso a la tierra y los medios de subsistencia, así como la protección de su identidad cultural, espiritualidad y formas de vida. Su lucha, conectada con muchas otras presentes en la Asamblea y a lo largo del TGA, nos recuerda que la transformación no es abstracta. Ya está siendo practicada por pueblos, comunidades, cooperativas, escuelas autónomas, redes de cuidado, guardianías del agua y los alimentos, procesos de sanación e iniciativas de defensa territorial que resisten el abandono estatal, el borramiento colonial y los modelos de desarrollo impuestos.
En este contexto, el TGA, lanzado en 2019, ha contribuido a tejer un proceso vivo de encuentro, intercambio y solidaridad entre movimientos, comunidades y redes que trabajan por una transformación radical en el Sur Global, en colaboración con movimientos solidarios del Norte Global. El TGA vincula y visibiliza alternativas radicales, fomenta el aprendizaje mutuo y fortalece caminos autónomos. Estas incluyen comunidades que defienden bosques, ríos, montañas, semillas y territorios frente al extractivismo; procesos indígenas y campesinos de democracia radical, autonomía y autogobierno; iniciativas de agroecología y soberanía alimentaria; economías feministas y de cuidado basadas en el apoyo mutuo; prácticas comunitarias de salud; alternativas a la educación y pedagogías populares; formas de custodia de la tierra, el agua y la energía basadas en economías solidarias, cooperativas y sistemas locales de intercambio.
El TGA ha creado espacios donde diversos conocimientos, prácticas y tradiciones políticas —un verdadero pluriverso— pueden encontrarse sin reducirse a un sólo modelo. Nutrido por el trabajo de muchas personas y colectividades, busca tejer una red transterritorial donde luchas, organizaciones, alternativas y prácticas colectivas puedan escucharse, aprender unas de otras, profundizar la solidaridad y hacer visibles los muchos mundos que ya se construyen dentro y más allá de las grietas de los sistemas opresivos. También busca fortalecer capacidades colectivas para responder a las luchas presentes y crear futuros donde muchos mundos sean posibles. En este sentido, el TGA no es una solución única ni universal, sino una infraestructura colectiva para reconocer, apoyar y conectar alternativas reales que defienden la vida y abren caminos hacia buenos vivires más allá del sistema dominante.
Estamos construyendo e imaginando un futuro no administrado por una sola autoridad, sino arraigado en luchas sostenidas y fortalecidas desde abajo, mediante tácticas que se mueven dentro, contra y más allá del Estado y el capitalismo. Lo hacemos colectivamente a través de prácticas de reparación, restauración, relacionalidad y restitución, en defensa de las condiciones que hacen posible la vida. Esto implica defender las capacidades regenerativas y los derechos de la naturaleza, recuperar conocimientos y lenguas suprimidas, restaurar relaciones dañadas entre pueblos y con los mundos más-que-humanos, y nutrir la solidaridad en medio del colapso socioecológico. Significa reconocer la profunda interdependencia de toda la vida y afirmar que no estamos separadas ni separados de la naturaleza: somos la naturaleza defendiéndose a sí misma.
El TGA parte del reconocimiento de que, en todo el mundo, diversos pueblos, comunidades, movimientos y territorios ya se organizan de manera autónoma más allá y contra la opresión y la injusticia. Entendemos estos esfuerzos como semillas de una solidaridad desde abajo: un proceso comunitario, confederado y transterritorial tejido mediante la lucha, el apoyo mutuo, el aprendizaje compartido, la hospitalidad, el intercambio regional y la defensa colectiva de la vida. Buscamos un horizonte pluriversal —un mundo donde quepan muchos mundos— arraigado en la solidaridad, la reciprocidad, la dignidad, la autonomía y el cuidado. Frente al extractivismo, el colonialismo, el patriarcado, el racismo, el antropocentrismo, el capacitismo, el militarismo y las lógicas capitalistas que producen guerra, despojo, devastación ecológica y sacrificio, afirmamos redes de resistencia antiracista, y re-existencias capaces de sostener lo que nos sostiene, reparar lo dañado y construir alternativas arraigadas en la vida colectiva. Con este espíritu, nos solidarizamos con los movimientos y organizaciones de base que siguen rebelándose, desobedeciendo, resistiendo y organizándose allí donde las formas relacionales de ser, conocer y hacer están bajo ataque. Nos comprometemos a fortalecer el TGA como un espacio entre muchos para tejer ayuda mutua, solidaridad, lucha, renovación y visiones colectivas.
Escríbenos en contact@globaltapestryofalternatives.org