Alianza Mundial por los Derechos de la Naturaleza

CAMINAR EN PAZ CON LA TIERRA: Prerrequisito para la Paz entre los humanos

Aceptemos, sin rodeos, que la humanidad se encuentra en una encrucijada. Si seguimos por el mismo camino, en el mejor de los casos, sólo una fracción de sus miembros podrá sobrevivir al colapso ecológico. Aceptar este destino es intolerable. Necesitamos un cambio de rumbo, con transiciones que nos permitan simultáneamente paliar los impactos del colapso que nos agobia, mientras apuntalamos, construimos y reconstruimos otras formas de vida limitadas a los ciclos ecológicos en términos de justicia social y democracia radical.

Para ello, construyamos alternativas para escapar de la actual civilización de la mercancía y el despilfarro, como haría Picasso cuando pintaba sus grandes obras. El artista malagueño solía superponer varias perspectivas diferentes de una misma imagen hasta crear un cuadro donde lo bello y lo abstracto se unían magistralmente. Reconociendo la complejidad de la tarea, utilicemos su método para proponer múltiples opciones -superpuestas, temporales y sucesivas- frente al sinsentido creado por la civilización del capital.

Por eso, hoy más que nunca, es necesario multiplicar los esfuerzos para caminar en Paz con la Naturaleza en Nuestra América, arrastrada por fuerzas opuestas, unas alentando más y más destrucción y otras defendiéndola. En Argentina, el gobierno refuerza el extractivismo y amenaza con desmantelar las leyes ambientales, proponiendo una cacería de ambientalistas y exacerbando la desigualdad y el conflicto social bajo un régimen autoritario que prioriza los intereses corporativos. En Ecuador, un gobierno de transición celebra acuerdos con grandes corporaciones mineras mientras desata acciones violentas contra las comunidades que defienden sus territorios, profundizando aún más la explotación de los recursos naturales. En otros países, incluso con gobiernos progresistas, como Brasil y Colombia, continúa la expansión del extractivismo de todo tipo. Mientras tanto, las resistencias para proteger los territorios, como espacios de vida, se multiplican en todas partes.

Frente a este conflictivo escenario, saludamos el compromiso del gobierno colombiano de priorizar la Paz con la Naturaleza como tema central en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Biodiversidad- COP 16, que se realizará a finales de año en Cali, Colombia.

Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza, un dúo de vida

La defensa y protección de los territorios es fundamental para convivir en paz. La destrucción de la Naturaleza afecta a los fundamentos mismos de la existencia y exacerba los conflictos sociales. Para superar este camino hacia la autodestrucción, debemos promover la aplicación combinada de los Derechos Humanos y los Derechos de la Naturaleza: una suma de derechos existenciales para garantizar la vida digna de los seres humanos y no humanos.

Como punto de partida, aceptemos que no puede haber ningún derecho que permita o fomente la explotación despiadada de la Madre Tierra, y mucho menos su destrucción, sino sólo un derecho a la coexistencia ecológicamente sostenible. Las leyes y acciones humanas deben armonizar y concordar con las leyes de la Naturaleza. Desde esta perspectiva, la vigencia de estos derechos existenciales responde a las condiciones materiales que permiten su cristalización y no a un mero reconocimiento formal en el ámbito jurídico. Su proyección, por tanto, debe superar los enfoques que entienden los derechos como compartimentos estancos, ya que su incidencia debe ser múltiple, diversa y transdisciplinar.

La tarea parece sencilla, pero es compleja. Bien sabemos que el derecho es un terreno en disputa. El desafío es superar el divorcio entre Naturaleza y Humanidad. Es necesario propiciar un reencuentro, algo así como volver a atar el nudo gordiano de la vida roto por la fuerza de una concepción civilizatoria depredadora e insostenible. En otras palabras, hay que superar la división ideológica entre Naturaleza y culturas. Empalmando ambas, incluso la política adquiere una relevancia renovada.

Este reconocimiento nos lleva a ver cómo los humanos, especialmente cuando se organizan en torno a la acumulación de capital, están ejerciendo múltiples formas de violencia, es decir, guerras contra la Tierra. De nosotros depende, pues, superar tanta aberración.

Detener las guerras contra la Tierra y todos sus habitantes.

Es urgente detener las guerras de todo tipo. Guerras que causan daños de forma gradual o violenta, a menudo con impactos profundos e irreversibles en la Naturaleza. Son acciones bélicas derivadas de relaciones socioambientales que emanan de la codicia del capital, así como de estructuras asimétricas, opresivas y jerárquicas, como el patriarcado.

En este entorno de guerra, la pérdida de biodiversidad es una constante. La fragmentación, degradación e incluso desaparición de selvas, bosques, ríos, páramos, humedales, manglares, salinas y otros ecosistemas, que afectan a sus funciones ecosistémicas, siguen siendo habituales. Como consecuencia, las especies también están desapareciendo a un ritmo acelerado. Los devastadores incendios, las gigantescas inundaciones provocadas por el cambio climático, la desertificación de las tierras por los monocultivos, la fumigación con agroquímicos, la extracción de petróleo y la megaminería devastan territorios enteros. La huella ecológica de la especie humana -desigualmente distribuida- supera la capacidad biológica de la Tierra. La pobreza, así como la creciente desigualdad social y la destrucción de comunidades, también se agravan como consecuencia de estas guerras suicidas desatadas por la codicia del capital.

Con razón, en la quinta sesión de la Asamblea de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, celebrada en 2021, el Secretario General, Antonio Guterres, afirmó que

Hacer las paces con la Naturaleza requiere comprender que nos enfrentamos a una triple crisis que entrelaza el cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad; se trata de una guerra suicida contra la Naturaleza, ya que sin ella, la Humanidad no podría existir en el planeta.

Para promover la paz que pide Guterres, debemos empezar por entender que «el modo de vida capitalista existe asfixiando la vida y el mundo de la vida; este proceso ha sido llevado a tal extremo que la reproducción del capital sólo puede darse en la medida en que destruye tanto al ser humano como a la Naturaleza», en palabras del filósofo ecuatoriano Bolívar Echeverría.

Reconozcámoslo, la desconexión del ser humano con la Naturaleza ha provocado una guerra feroz contra ella. Aún no hemos comprendido que la Naturaleza tiene sus propios ciclos, que no pueden ser afectados por el ser humano sin que ella reaccione y se rebele. Comprendamos que la creciente mercantilización de la vida en todos sus aspectos es un camino minado que conduce inexorablemente al terricidio.

Superar la civilización que ahoga la vida

Hacer las paces con la Tierra y desde la Tierra implica, entonces, contar con agendas consensuadas por los pueblos para la acción superadora de los dispositivos de muerte imperantes. Para ello, necesitamos identificar todas las guerras que atacan a la Tierra, en sus múltiples frentes y formas.

Nuestro eje civilizatorio es un sistema económico que sistemáticamente sobreexplota y contamina nuestra base de existencia. El productivismo y el consumismo bombardean sin piedad a la Madre Tierra. Los extractivismos representan invasiones brutales de múltiples territorios. Los monocultivos y las falsas soluciones, como los mercados de carbono o las semillas transgénicas, socavan brutalmente la biodiversidad. La homogeneización del consumo acelera los ritmos de destrucción con enormes impactos ambientales debido al transporte lejano de los alimentos, por mencionar sólo un punto crítico.

A todo esto se suman las propias conflagraciones: entre pueblos o contra pueblos, como el genocidio desatado por el Estado sionista en Palestina, que devasta no sólo a los seres humanos sino también a la propia Naturaleza.

Al mismo tiempo, debemos hacer frente a esas guerras encubiertas. Nos referimos a las formas de percibir, interpretar y experimentar la Naturaleza, que se basan, en particular, en ese supuesto civilizatorio que considera a los humanos fuera de ella e incluso por encima de ella para dominarla. Este posicionamiento implica un impulso bélico inmerso en la violencia epistémica y ontológica que acaba fomentando el cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad, así como todo tipo de depredaciones de la Naturaleza, siempre en nombre del «progreso» y el «desarrollo». Y todo ello con una perversa reverencia al potencial de la ciencia y la tecnología, que en muchas ocasiones actúan también como armas de destrucción ambiental.

Estas visiones conducen al mantenimiento de un universo cultural que, en esencia, nos impone la idea de que sólo hay una forma de estar en el mundo. Al negar el pluriverso, las diversidades biológicas son invisibilizadas, despreciadas, violadas o incluso eliminadas, así como las diversidades culturales existentes. De ahí surge la estandarización del concepto de Naturaleza, cerrando la puerta a otras visiones, muchas de ellas portadoras de poderosos elementos transformadores. Por eso, es mejor hablar de Tierra en clave cósmica, en lugar de hablar simplemente de Naturaleza, concepto que puede tener diferentes lecturas.

En otras palabras, hay que asumir todos estos retos sin caer en la trampa de limitarse a negociar límites o parches para seguir tolerando la contaminación y la destrucción de la base de la vida misma, como se ha hecho en todas las COP hasta ahora. Este disparate podría repetirse en Cali, por muy buenas intenciones que tenga el gobierno colombiano, porque sabemos que en el marco de las Naciones Unidas se impone la voluntad de los gobiernos y las corporaciones, y no necesariamente la de los pueblos.

Caminando con Paz, en clave de pluriverso

Desde la perspectiva de Paz con la Tierra, debemos aceptar y respetar la diversidad en todos los aspectos: vidas, culturas, pensamientos y, por supuesto, biodiversidad. Es decir, la pluralidad de formas de estar con la Naturaleza y de ser Naturaleza, ya que los humanos somos Naturaleza. Esta aceptación abre la puerta para entender las diferentes formas de asumirla como Pacha Mama o Madre Tierra, así como muchas otras formas de relacionarse con la Naturaleza provenientes de la Indigenidad: como lo entendió nuestro amigo Aníbal Quijano. Aquí caben algunas lecturas que podrían entenderse como derivadas de la propia Modernidad, pero que, en esencia, también apuntan a su superación.

No se trata de planteamientos que cierren horizontes a visiones parciales, sino que, por el contrario, los abren promoviendo otras cosmovisiones, alentando el pluriverso, es decir, «un mundo donde quepan muchos mundos», en el que todos los seres humanos y no humanos puedan coexistir y prosperar en dignidad y respeto mutuo. No más «un mundo desarrollado» viviendo a expensas de otros mundos, como ocurre tan cruelmente en nuestro tiempo.

Dicho esto, la Paz en la Tierra no sólo implica el silenciamiento de las armas. Exige también detener todos aquellos procesos que generan daños irreversibles al medio ambiente del que formamos parte, daños que afectan a las comunidades locales y a la humanidad, y daños que a menudo constituyen ecocidios. Esta tarea requiere construir mundos basados en la reciprocidad, la relacionalidad, la complementariedad, la correspondencia, la resonancia y la solidaridad.

Al mismo tiempo que se frenan las acciones de destrucción, hay que impulsar la construcción y reconstrucción de otras formas de vida social y ecológicamente sostenibles. Todo esto exige un giro copernicano en todos los órdenes para dejar atrás la civilización actual, que debe ser superada estructuralmente. «Hay que poner el mundo patas arriba» porque la Tierra «sólo podrá curarse con la inversión de los valores establecidos y la revolución de las prioridades económicas», concluye la filósofa ecofeminista Carolyn Merchant.

En la actualidad, las acciones alternativas se multiplican en distintos ámbitos y desde distintos territorios. Si prestamos un poco de atención y -en sentido figurado- hacemos silencio, podremos escuchar respirar al futuro. Existen innumerables procesos en sintonía con el pluriverso, así como propuestas de cambios estructurales. En este punto, visiones, valores, principios, experiencias y prácticas como las del Buen Vivir provenientes de las culturas originarias, sin idealizarlas al nivel inútil de modelos ni esencializarlas ignorando sus limitaciones, representan oportunidades para promover cambios profundos.

Hacer la Paz con la Tierra significa también reconocer su agencia y la red de relaciones socioculturales inmersas en ella. Se trata de reparar los territorios contaminados y desmantelar las infraestructuras destructivas, así como de cambiar los sistemas de producción y las prácticas de consumo depredadoras. Esto nos invita a apelar a la imaginación y a la audacia. Necesitamos pasar, en palabras del gran teólogo Leonardo Boff, «de ser amos y señores a ser hermanos y hermanas entre nosotros y con todas las criaturas». Esta nueva perspectiva implica una nueva ética de responsabilidad compartida, cuidado y sinergia con la Tierra“.

Y en este contexto, los Derechos de la Naturaleza -justicia ecológica-, caminando de la mano con los Derechos Humanos -justicia social-, nos dan pistas para enfrentar el colapso ecosocial, así como para promover y construir todas las alternativas que garanticen una vida digna para todos los seres de la Tierra. En otras palabras, estos derechos existenciales sirven para reparar y restaurar, así como para prevenir, a la vez que sientan las bases para construir una justicia existencial global.

La tierra es una condición básica para la vida, la equidad y la libertad

Si aceptamos que es necesaria una nueva ética para reorganizar la vida en el planeta, debemos aceptar que todos los seres vivos tienen el mismo valor ontológico, lo que no implica que todos sean idénticos; este planteamiento articula la noción de «igualdad biocéntrica», en la que, según Eduardo Gudynas, todas las especies vivas tienen la misma importancia y, por tanto, merecen ser protegidas. En este empeño, necesitamos crear las condiciones que garanticen el respeto a los pueblos y comunidades que protegen sus territorios, lo que en realidad es una forma de autodefensa de la propia Tierra.

Es hora de comprender que la Naturaleza es la condición básica de nuestra existencia y, por lo tanto, es también la base de los derechos colectivos e individuales de libertad. Del mismo modo que la libertad individual sólo puede ejercerse en el marco de los derechos de los demás seres humanos, la libertad individual y colectiva sólo puede ejercerse en el marco de los Derechos de la Naturaleza. Si pensamos en nuestros nietos y nietas, es decir, en las generaciones futuras, también podemos concluir que su existencia y su libertad dependen del respeto a la Naturaleza. El jurista alemán Klaus Bosselmann señala con razón que «sin los Derechos de la Naturaleza, la libertad es una ilusión».

Es igualmente urgente desmantelar las estructuras patriarcales y coloniales que provocan y reproducen múltiples formas de violencia. Será necesario cristalizar el cobro de las deudas coloniales y ecológicas, en las que las naciones enriquecidas por la explotación de otros pueblos y otros territorios son las deudoras. También será necesario desmantelar el sistema económico mundial, con todas sus herramientas de dominación, como la deuda externa, que conforma una maquinaria depredadora de la vida.

En este camino, habrá avances y retrocesos. Pero, en la medida en que se logre una participación amplia y diversa de pueblos, colectivos, organizaciones e individuos, en ningún momento podremos perder la esperanza, que no asumimos simplemente como la creencia de que algo inevitablemente saldrá bien, sino como la certeza de que lo que hacemos tiene sentido, independientemente del resultado.

Si los humanos no restablecemos la Paz con la Tierra, no habrá posibilidad de Paz para nosotros en la Tierra, que comprensiblemente se está rebelando contra tanta destrucción que estamos causando.

Estamos seguros de que en este reencuentro armonioso y amoroso con la Madre Tierra, podremos contar con su enorme capacidad de resiliencia y recuperación porque ella es una verdadera Madre, y está de nuestro lado.


Sobre los autores

Alberto Acosta y Enrique Viale: economista ecuatoriano y abogado ambientalista argentino, coautores de un libro de próxima aparición sobre estos temas. Jueces del Tribunal Internacional de los Derechos de la Naturaleza. Miembros del Pacto Ecosocial Intercultural del Sur.