Por María Paz Aedo y Gabriela Cabaña, Pacto Ecosocial e Interculutral del Sur
Kabelleger / David Gubler, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
En los dos extremos del territorio llamado Chile, se encuentran dos ecosistemas caracterizados por su vastedad: el desierto de Atacama y la estepa de Magallanes. Transitarlos es una invitación a recordar el origen compartido: allí, en la inmensidad de estas planicies, habita la microbiota más antigua del mundo. El ojo humano, acostumbrado a los estímulos incesantes de la urbe o añorante del verdor que convencionalmente asociamos a “naturaleza”, a menudo no alcanza a distinguir esta riqueza. Se requieren condiciones muy particulares para reconocerla, disponibles en la memoría y la sabiduría histórica de sus habitantes y en la evidencia científica acumulada por investigaciones relativamente recientes. Como autoras de este escrito, reconocemos y honramos a quienes nos han guiado en este camino de aprender a ver. Comprender la profundidad y vastedad de las trayectorias vivas en estos territorios, requiere expandir nuestra mirada temporal para remontarnos millones de años atrás, hacia otras eras geológicas, donde la humanidad no era más que una latencia. Es preciso acostumbrar el oído al silencio y los ojos a la inmensidad. 1)
La estepa del extremo sur de Chile parece confundirse con el paisaje altiplánico del norte. Grandes extensiones de espacio donde corren los guanacos, ñandúes, chingues, y una infinidad de vida que se muestra al ojo paciente de quien sabe ver más allá de las apariencias.
Al sur de la zona continental de Magallanes, específicamente en San Gregorio, se encuentra el Parque Nacional Pali Aike. Allí es posible encontrar terrenos cubiertos por lava basáltica, evidencia de la fuerza volcánica durante el periodo geológico Plioceno. Millones de años después, llegaron a habitar esta zona algunas comunidades humanas. Actualmente, este es uno de los sitios arqueológicos más importantes de toda la Patagonia, porque en la Cueva Pali Aike se han encontrado evidencias de poblaciones que utilizaron el lugar como refugio hace más de 11 mil años.
Cruzando el Estrecho de Magallanes se encuentra Tierra del Fuego. Allí, a 6 kilómetros de la localidad de Porvenir, se encuentra la Laguna de los Cisnes. Este es uno de los seis lugares del mundo donde es posible observar hasta donde la mirada no alcanza, unas estructuras minerales similares a los arrecifes, los estromatolitos, construidas por cianobacterias a lo largo de millones de años. Estas son las formas de vida más antiguas del mundo. Nuestras tatarabuelas. Su presencia allana el camino para investigar el origen de la vida en el planeta.
Si nos movemos 3.500 kilómetros hacia el norte, encontraremos el Desierto de Atacama, que cruza las regiones de Antofagasta y Atacama. En sus casi 105 mil km2 de paisajes que nos recuerdan el origen de la Tierra y los planetas, es posible encontrar todo tipo de formas de existencia. Desde las más espectaculares por su colorido y tamaño, como los flamencos, hasta las ínfimas, como las cianobacterias que también habitan en torno de las lagunas altiplánicas y los salares. La complejidad de esta microbiota ancestral ha sido apenas investigada. La vastedad de la piedra y los minerales consume la mirada poco atenta, perdida en la ilusión de que en el desierto “no hay nada”.
Pero también es en estos lugares donde la mirada que busca riqueza en la producción antes que en el reconocimiento, en el valor de cambio antes que en el valor intrínseco, encuentra dos apreciados recursos para sus fines: el sol y el viento. Antofagasta y Magallanes han sido consideradas “polos de desarrollo” del hidrógeno como vector energético. El hidrógeno es un vector energético– es decir, una sustancia o dispositivo que puede almacenar energía para su uso posterior– el cual se puede producir de múltiples maneras. A diferencia de otros energéticos como el gas o el petróleo, el hidrógeno no se encuentra en estado natural como fuente de energía, sino que se encuentra naturalmente combinado con otros elementos químicos, por lo que para su aprovechamiento se requiere un proceso de separación que demanda una cierta cantidad de energía. Por ejemplo, para obtener hidrógeno desde el agua, separándolo del oxígeno, es preciso descomponer la molécula del agua con energía eléctrica, proceso llamado “electrólisis”. Si la energía utilizada en este proceso proviene de fuentes bajas en carbono , como la eólica o solar, el resultado se suele denominar hidrógeno “verde”.
Como parte de una transición energética corporativa—es decidir, una liderada y moldeada por los intereses de las grandes corporaciones capitalistas—el hidrógeno “verde” ha sido posicionando como un sustituto a los combustibles fósiles allí donde la electrificación resulta insuficiente. Es decir, en sectores que son difíciles de convertir en procesos eléctricos como el transporte de carga pesada, la elaboración de fertilizantes y procesos de la industria siderúrgica – metalúrgica, principalmente. Todo esto bajo la bandera política de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, responsables de la crisis climática y que se moviliza para justificar el avance a toda costa de infraestructura “baja en carbono” en el marco de lo que se ha denominado como el consenso de la descarbonización.2) Este paradigma enarbola la bandera de la crisis climática como argumento para justificar un supuesto cambio de uso de combustibles fósiles a otras fuentes no fósiles, dejando de lado otras preocupaciones, incluyendo las enromes desigualdades energéticas embebidas en la llamada ‘transición’ y la urgencia de democratizar y descentralizar nuestros sistemas energéticos.
La producción de hidrógeno verde requiere la instalación de grandes infraestructuras: plantas desalinizadoras, hidroductos, puertos, sistemas de almacenamiento y transporte y, sobre todo, grandes extensiones de paneles solares y aerogeneradores. De allí se desprende por qué el potente sol de Antofagasta y los fuertes vientos de Magallanes estén siendo visualizados como “ventanas de oportunidad”; lugares que dan a Chile “ventajas comparativas” para el desarrollo de esta industria. Estas miradas no atienden, como suele ocurrir con los megaproyectos, las particulares ecosistémicas y socioterritorales presentes. Mirando sin ver la riqueza profunda de estas inmensidades, mucho más extensas y vastas que nuestra acotada y reciente condición humana; sin valorar los saberes y haceres de los ecosistemas y de la microbiota allí presente, claves para comprender no sólo los orígenes sino las relaciones de interdependencia entre las diversas formas de vida. 3)

Desde el punto de vista de los habitantes locales, estas proyecciones generan suspicacias. “A nosotros no nos falta nada” ha sido una frase que hemos escuchado repetidamente entre los habitantes de la costa de Antofagasta, que se perfilan como los principales afectados de la emergente industria del hidrógeno verde. Sus vidas costeras, relegadas a segundo plano en el ecosistema de extracción y exportación de la llamada “región minera” de Chile, se han visto repentinamente invadidas – deberíamos decir, acosadas – por consultoras, relacionadores comunitarios y representantes del estado. Todos vienen buscando el consenso de las comunidades pescadoras e indígenas changas para convertir su territorio en un nuevo “motor del desarrollo” a través de la producción a gran escala de hidrógeno verde.
Para el pueblo chango, esta promesa suena como una amenaza. Sus ojos están habituados a ver la riqueza de otra inmensidad: el mar que habitan en toda su extensión y hondura temporal y espacial, como pueblo ancestral de pescadores y mariscadores. Los conchales de sus ancestros se agolpan en las costas evidenciando más de 8 mil años de una vida abundante en alimentos, cooperación y paciencia. Ahora ven los mapas de los proyectos y se dan cuenta de que se instalarán en los mejores lugares de pesca y recolección de orilla. Muchas de esas especies no son comerciales o no están catalogadas como “relevantes” a los ojos del interés público y privado. Sin embargo, son parientes y compañeras – parafraseando a Dona Haraway – que han conocido por milenios. Peces, mariscos y algas con quienes conviven desde la infancia a la vejez.
Caminando por las laderas de la cordillera de la costa, están los oasis de niebla que les dan su nombre de camanchangos – la camanchaca – un tesoro de vida que todavía no terminamos de descubrir, ni mucho menos entender. Siguiendo hacia el este están las grandes extensiones del desierto más árido del mundo, donde las prospecciones eólicas siguen descubriendo el patrimonio arqueológico del pueblo chango. Irónicamente, los mismos procesos que descubren estos restos – los megaproyectos eólicos y solares – son los que están poniendo en riesgo la memoria encarnada de este pueblo milenario.
En Magallanes, uno de los últimos proyectos ingresados a evaluación ambiental reconoce el impacto negativo que esta industria tendría en el canquén colorado, proponiendo como medida compensatoria la creación de una fundación para la conservación de esta ave.4) El chorlo de Magallanes o el canquén colorado viajan miles de kilómetros para llegar a la región subantártica, atravesando los lugares que se convertirían en enjambres de torres eólicas, girando para producir el preciado combustible “cero carbono” que sería codiciado por las sociedades energívoras del Norte Global. Quienes aman y estudian estas aves advierten sobre impactos y riesgos de avanzar en la gran carrera “verde” del hidrógeno industrial, que ha repartido la gran extensión de la estepa magallánica. Algunas empresas buscan participar de la conservación de aves al mismo tiempo que impulsan megaproyectos que las afectan, como sucede con la Fundación Gaviotín Chico en la industrializada bahía de Mejillones en Antofagasta. ¿Pueden las alianzas del sector empresarial con los gobiernos locales resguardar las especies de las que toman su nombre? ¿A dónde irán a pescar los herederos de la cultura milenaria changa? ¿Dónde se encontrarán con las ballenas? ¿Qué será de las aves que vuelan desde Alaska buscando las marismas del estrecho de Magallanes?
Las dinámicas que se instalan en ambos territorios nos alertan sobre la conformación de nuevas zonas de sacrificio, que ahora, tal como al hidrógeno, podríamos llamar zonas de sacrificio verde. El consenso de la descarbonización empuja a la ampliación de nuevas fronteras de extracción, lo que en lugares del Sur Global como el norte de Chile significa la superposición de industrias como la del hidrógeno verde la que a su vez conlleva una profundización de la minería del litio y de cobre, ambos elementos movilizados desde los intereses corporativos como “críticos para la transición”.5) Mientras ciertos lugares se perfilan como canteras de extracción, el Norte Global—incluyendo los nortes en los sures— sigue aferrándose a un capitalismo fósil, y al modo de vida imperial que les concede. Sólo que esta vez bajo la benévola etiqueta de lo “verde”.
Resuena agotadora esta frase en los oídos de quienes habitan y resguardan los territorios afectados, cuando dicen que no quieren que sus regiones se conviertan en la nueva “identidad productiva” de Chile. El potencial energético de Chile, calculado desde los privilegios urbanos, se basa en planificar la funcionalidad de estos territorios al desarrollo de la actividad industrial y sus artefactos: tubos de amoníaco, líneas de transmisión, desaladoras, megapuertos, paneles solares, aerogeneradores. La pregunta ignora el “para qué querríamos” proponer algo; concretamente, para qué y para quién querríamos producir hidrógeno “verde”.
Frente a esta pregunta, la respuesta que hemos escuchado nos devuelve a la profundidad y la inmensidad no sólo del paisaje, sino de la existencia: nuestra vida es suficiente. No necesita justificación, no necesita mejora. El mar, la estepa, la camanchaca, ya es abundante. Ya está ahí la riqueza que hace posible nuestra y todas las formas de existencia. No necesitamos extractivismos “verdes” porque tal como escuchamos en un encuentro de organizaciones de Magallanes, “la Patagonia ya es verde”.
Recordando el mar, el desierto y la estepa, reconocemos las huellas de su vastedad y profundidad en nuestro corazón y nuestra conciencia. Esta vastedad y profundidad es lo que necesitamos para no olvidar que la riqueza y el bienestar anhelados no está en la carrera del crecimiento infinito, sino en la suficiencia del presente habitado.