Recuperar la energía, reinventar el poder: Construir el futuro energético desde abajo

Por Madhuresh Kumar, Tejido Global de Alternativas

Introducción

A la luz de las crecientes catástrofes climáticas y de la crisis en curso, el lenguaje de la transición energética ha cobrado una tracción sin precedentes. Desde los pasillos del Parlamento hasta los gobiernos provinciales, el paso de los combustibles fósiles a las energías renovables se presenta como algo inevitable e inmediato. Sin embargo, bajo la apariencia de urgencia y optimismo tecnológico se esconde una tensión más profunda: ¿quién define esta transición y en interés de quién se desarrolla? Incluso mientras se instalan paneles solares y se abren nuevas minas de litio, las comunidades en primera línea siguen soportando la carga del desplazamiento, la contaminación y la violencia. Lo que se disfraza de acción climática a menudo reproduce lógicas coloniales: extracción militarizada, despojo de tierras en territorios indígenas y tecnologías verdes controladas por las mismas élites corporativas y geopolíticas responsables de la crisis climática.

En este contexto, una conversación reciente organizada por el Global TapestryThe weaving of networks of Alternatives of AlternativesAre activities and initiatives, concepts, worldviews, or action proposals by collectives, groups, organizations, communities, or social movements challenging and replacing the dominant system that perpetuates inequality, exploitation, and unsustainabiity. In the GTA we focus primarily on what we call "radical or transformative alternatives", which we define as initiatives that are attempting to break with the dominant system and take paths towards direct and radical forms of political and economic democracy, localised self-reliance, social justice and equity, cultural and knowledge diversity, and ecological resilience. Their locus is neither the State nor the capitalist economy. They are advancing in the process of dismantling most forms of hierarchies, assuming the principles of sufficiency, autonomy, non-violence, justice and equality, solidarity, and the caring of life and the Earth. They do this in an integral way, not limited to a single aspect of life. Although such initiatives may have some kind of link with capitalist markets and the State, they prioritize their autonomy to avoid significant dependency on them and tend to reduce, as much as possible, any relationship with them. (GTA) y el Post Carbon Institute, como parte de su Grupo Temático sobre “Energía y Alternativas”, reunió a dos voces poderosas: Galina Angarova, directora ejecutiva de la Coalición SIRGE (Securing Indigenous Peoples’ Rights in the Green Economy), y Carlos Tornel, investigador y activista con el GTA. Moderada por Dilafruz Khonikboyeva, directora ejecutiva de Home Planet Fundy miembro de la Liminality Network, el diálogo desafió los paradigmas dominantes sobre energía y transición, y llamó a un giro ontológico hacia la memoria, la reciprocidad, la relacionalidad y la soberanía comunitaria.

Como recordó Carlos al inicio de la discusión: “Esto no es una transición. Es una expansión sistemática de todas las fuentes de energía”. En lugar de reemplazar los combustibles fósiles, el modelo dominante de energía verde simplemente superpone las renovables sobre sistemas extractivos fosilizados. La energía eólica, solar y los autos eléctricos se convierten en nuevas estrategias de despojo, especialmente para los pueblos indígenas y comunidades campesinas del Sur Global –incluyendo las emergentes zonas de sacrificio en el Norte geográfico–. Galina amplió esta idea, advirtiendo cómo las narrativas de “eficiencia” ocultan un apetito creciente por minerales, incluido el retorno de la minería de uranio y el uso de agua para alimentar centros de datos impulsados por inteligencia artificial. Este artículo entreteje sus aportes, no solo para criticar, sino para iluminar las posibilidades radicales de una justicia energética construida desde abajo. Centra una pregunta crítica que a menudo se omite en los debates dominantes: ¿para qué es la energía? ¿Y cómo podemos recuperarla como un bien común, en lugar de una mercancía?

Esto no es una transición: es una expansión

La narrativa dominante de la transición energética sugiere una ruptura limpia del pasado fósil hacia un futuro impulsado por “energías renovables”. Pero como señaló Carlos Tornel, esta transición no sólo es falsa, es peligrosa en su engaño. “Lo que estamos presenciando no es una transición. Es una expansión simbiótica de todas las fuentes de energía”, dijo, subrayando cómo se construyen nuevas infraestructuras extractivas sin desmontar las anteriores. Este llamado “giro verde” no es una ruptura, sino la continuación de la lógica extractivista en formas nuevas y tecnocráticas. Galina Angarova coincidió, desmontando el mito de que las transiciones energéticas se impulsan por necesidad o por cuidado de la Tierra. Más bien, señaló, están moldeadas por ambiciones geopolíticas, propaganda de mercado y un hambre insaciable de acumulación de capital. “Cada llamada eficiencia”, advirtió, “crea nueva demanda”. Ya sea la explosión de centros de datos de IA que requieren plantas nucleares alimentadas por uranio, o el auge del litio que destruye territorios indígenas en Nevada y Argentina, las nuevas tecnologías no están reduciendo la presión extractiva, la están intensificando.

Esta acumulación no es nueva. Carlos recordó que incluso en transiciones anteriores, del carbón al petróleo, del petróleo al gas, nunca hubo una eliminación real. Lo nuevo simplemente se sumó a lo viejo, expandiendo la frontera energética. Lo diferente ahora es la escala del greenwashing y el rebranding del extractivismo violento como sostenibilidad. “En México”, explicó Carlos, “la mayor parte de la energía no la consumen los hogares sino la producción industrial, el capital. Sin embargo, el debate se centra en el consumo individual, no en redistribuir la energía fuera del control corporativo”. Ambos ponentes destacaron cómo los marcos dominantes de hoy borran estas alternativas vividas. En lugar de reconocer a las comunidades como protagonistas en la construcción de futuros energéticos, gobiernos y corporaciones las tratan como obstáculos o beneficiarias. “La transición energética que se nos ofrece”, dijo Carlos, “es una transición corporativa. Lo que necesitamos es una transformación desde abajo”.

¿Energía para quién? Cuestionando la propiedad y el poder

Si la energía no es solo un asunto técnico sino una cuestión de justicia, entonces las preguntas esenciales son políticas: ¿energía para quién?, ¿energía para qué propósito?, ¿quién decide? Tornel insiste en que estas preguntas deben ser recuperadas de ingenieros y economistas. El discurso dominante presenta la energía como neutral, apolítica y puramente cuantitativa; un problema a resolver con mecanismos de mercado e innovación tecnológica. Pero tales enfoques, advirtió, ocultan las estructuras de poder más profundas en juego. “La energía no es algo abstracto, es un asunto social y político”, dijo. “Necesitamos recuperar la política de la energía”. En países como México, explicó Carlos, la producción de energía sirve abrumadoramente a las demandas del capital, no a las necesidades de la gente. Industrias automotrices, mineras y fábricas orientadas a la exportación consumen cantidades masivas de electricidad, mientras que comunidades trabajadoras e indígenas permanecen marginadas o despojadas. Sin embargo, estas mismas comunidades vuelven a ser el blanco, esta vez en nombre del desarrollo verde.

En lugar de expandir la oferta para satisfacer una demanda fabricada, Carlos argumentó a favor de una redistribución radical de la energía. Esto no significaría privación. Al contrario, implicaría reducir el consumo corporativo y militar, y reorientar los sistemas energéticos para apoyar la dignidad, el cuidado y el bienestar colectivo. “Ningún sistema energético tiene que crecer en absoluto”, afirmó. “Podemos decrecer sin perder calidad de vida, si redistribuimos y abolimos el consumo excesivo de las industrias, de los sistemas de transporte individualizados y de las emisiones de lujo”.

Galina Angarova añadió otra dimensión: la de la soberanía y el consentimiento. Basándose en el trabajo de la coalición SIRGE, señaló las múltiples formas en que los pueblos indígenas son privados de agencia sobre lo que ocurre en sus territorios. Ya sea mediante la minería de los llamados “minerales críticos” o la construcción de líneas de transmisión, las decisiones se toman a través de procesos verticales disfrazados de consulta. “La carga de la transición está siendo colocada sobre las mismas comunidades que menos han contribuido a la crisis”, dijo. La intervención de Galina cuestionó no sólo el poder corporativo, sino también el paternalismo incrustado en la política climática liberal. El lenguaje de la distribución de beneficios, señaló, a menudo asume que los pueblos indígenas deberían querer integrarse en las cadenas de suministro verdes. Pero muchos no lo desean. “Nuestras comunidades piden protección, no participación”, dijo. “Piden vida, no inversión”.

Por eso, para Carlos y Galina –y cómo articulan muchos movimientos sociales– la verdadera transición debe comenzar con un cambio en quién tiene el poder de decisión. La soberanía energética debe incluir:

  • El derecho a decir no a la extracción, incluso cuando se la etiqueta como renovable.
  • El derecho a definir el bienestar más allá del PIB o de las metas de electrificación.
  • El derecho a construir sistemas enraizados en el conocimiento indígena, no en planos tecnocráticos.

Estos no son derechos abstractos. Se afirman cada día en comunidades que resisten parques eólicos en Oaxaca, minas de litio en Nevada o proyectos hidroeléctricos en la Amazonía. Revelan los límites de un capitalismo verde que promete descarbonización sin justicia. Como expresó Carlos con claridad: “No podemos dejar que la extrema derecha co-opte la transición, pero tampoco podemos permitir que el centro la defina a través de la extracción con un lenguaje más suave. Tenemos que construirla desde abajo, juntos”.

Sombras colectivas y el auge del ecofascismo

Incluso mientras la crisis climática se acelera, también cambia el clima político, hacia la represión, la militarización y la consolidación del poder autoritario bajo el pretexto de la seguridad y la transición. Tanto Angarova como Tornel advirtieron que el vacío dejado por las respuestas neoliberales fallidas frente al clima está siendo llenado por una ultraderecha resurgente, que reviste el fascismo fósil en términos patrióticos, se apoya en un “pasado nostálgico” y envuelve la quema de combustibles fósiles en banderas nacionalistas, mientras rinde un servicio superficial al consenso verde o de “descarbonización”, que en realidad sostiene la posibilidad de mantener la extracción fósil.

Carlos señaló escritos recientes de Naomi Klein y Astra Taylor en The Guardian sobre lo que llaman “fascismo del fin de los tiempos”, una política que prospera no a pesar del colapso, sino a causa de él. En sus palabras: “Ellos [la extrema derecha] capturan muy bien estos deseos… y cómo los están explotando. La transición se construye sobre esa idea. Pero, de nuevo, esta es la transición energética corporativa, no la transformación que realmente necesitamos desde abajo”. El lenguaje de independencia energética y seguridad mineral, cada vez más usado en las capitales occidentales, no solo es excluyente; está activamente militarizado. Ya sea el litio en Chile, el cobalto en la RDC o las tierras raras en China, la energía se ha convertido en un terreno de rivalidad global, no de reparación.

Galina ofreció un análisis más introspectivo y profundo, advirtiendo contra las visiones binarias del mundo que alimentan la polarización. Basándose en su propia experiencia de crecer en una comunidad donde “no existían izquierda y derecha”, reflexionó sobre los dualismos que dominan hoy el discurso político: “Hay bueno y malo, blanco y negro, izquierda y derecha. Y ambos lados se odian a muerte”. Sugirió que esto no es solo un problema político, sino también espiritual y psicológico. “Lo que veo hoy”, dijo, “es nuestra sombra colectiva, las partes de nosotros que reprimimos, saliendo a la superficie y queriendo infligir dolor”. El auge de las ideologías ultraderechistas, argumentó, es un espejo de los traumas no resueltos, las pérdidas y los miedos dentro de las sociedades, condiciones que el neoliberalismo ha profundizado mediante la alienación, la desigualdad y la mercantilización de la vida.

En un momento de notable vulnerabilidad, ofreció un método de resistencia que comienza no en la confrontación sino en la reflexión: “Mi vida es un espejo. Todo lo que enfrento es porque lo tengo dentro de mí. Así es como manejo los problemas personales, y debemos extender eso colectivamente”. Para Galina, confrontar nuestras sombras no es un repliegue de la lucha; es una condición necesaria para la reconciliación, la comprensión y la reconstrucción de la solidaridad más allá de la política reactiva. Al mismo tiempo, fue clara respecto a la violencia en aumento. En Estados Unidos, por ejemplo, habló de nuevas órdenes ejecutivas que aceleran proyectos mineros —muchos de ellos en tierras indígenas— mientras reducen las evaluaciones ambientales a tan solo 28 días. “Ya ni siquiera estamos extrayendo en función de la demanda del mercado”, señaló. “Estamos extrayendo en función de la propaganda política”.

Esta dinámica de extracción guiada por la seguridad no es exclusiva de Estados Unidos. En todo el mundo, los gobiernos están reetiquetando la explotación y el neocolonialismo como transición, y la disidencia como extremismo. Las mismas lógicas que justificaron guerras por el petróleo y despojos de tierras ahora animan el militarismo verde. Estamos pretendiendo que no hemos aprendido de años de resistencia al extractivismo en todo el mundo.

Economía indígena, memoria y futuros relacionales

En medio de la crítica a las falsas transiciones y a la captura política, la conversación no se detuvo en la desesperanza. En su lugar, Galina Angarova y Carlos Tornel ofrecieron alternativas concretas y encarnadas, enraizadas no en la especulación, sino en la memoria, la práctica y las cosmovisiones indígenas. Sus reflexiones sirvieron como una reorientación tranquila pero radical: alejándose de las economías extractivas y acercándose a economías relacionales de cuidado, reciprocidad y soberanía comunitaria. Galina habló con emoción de su crianza en una comunidad indígena siberiana, donde la economía no estaba monetizada, sino que se vivía a través del intercambio, la gratitud y la obligación. “No pagábamos por la comida. La intercambiábamos. Yo expresaba gratitud y esa era la moneda”, dijo. No se trataba de nostalgia; era un recordatorio de que sistemas viables y éticos de supervivencia y abundancia siempre han existido más allá de las lógicas de la ganancia y la propiedad privada. Su relato desafió la suposición de que las comunidades deben “integrarse” a la economía verde para poder “desarrollarse”. En cambio, planteó la necesidad de protección sin asimilación, y soberanía sin compromisos. El modelo dominante ve la tierra como un insumo y la energía como un producto. Pero para las cosmovisiones indígenas y comunitarias, la tierra es pariente y la energía es fuerza vital: no una mercancía a comercializar, sino un don a honrar. Como planteó Galina de manera contundente: “¿Cómo sacamos la tierra de los mercados especulativos y construimos una verdadera relación con ella?”.

Carlos hizo eco de esto a través de un lente más amplio del decrecimiento y la justicia energética. Nos instó a reimaginar la energía no como un servicio utilitario, sino como un derecho colectivo, arraigado en el territorio, gobernado por el pueblo y subordinado a prioridades sociales y ecológicas. En lugar de preguntar cómo “ecologizar” la red eléctrica, nos desafió a preguntar: “¿Para qué es la energía? ¿Para quién? ¿Y cómo la usamos para fortalecer nuestras relaciones, entre nosotros y con la tierra?”. Ambos ponentes ofrecieron vislumbres de lo que podría ser un mundo post-extractivo y post-carbono. Galina visualizó comunidades que vuelven a habitar la tierra con intención, intercambiando tomates por calabazas, compartiendo habilidades y ceremonias, y organizándose no en torno a mercados, sino al cuidado mutuo. “¿Cómo construyo mi propia agencia, y luego cómo construimos una agencia colectiva?”, preguntó. Su visión fue a la vez profundamente personal y poderosamente política. Carlos cerró con un reto: “Pensemos en nuestras dependencias; ¿cómo las rompemos? ¿Cómo construimos sociabilidad y solidaridad en su lugar?”. Instó a los oyentes a no cargar con culpa, sino a asumir responsabilidad, con otros, no en soledad. El trabajo de la transición, insistió, no debe sentirse como castigo, sino como posibilidad.

Juntas, sus reflexiones apuntaron a una poderosa proposición: que la transición no es solo un cambio técnico o de políticas, sino una reconfiguración cultural, espiritual y ontológica del mundo. Se trata de recuperar los comunes, rescatar la memoria y reconstruir las relaciones que el neoliberalismo ha intentado cortar. En un tiempo de extracción acelerada y consenso en colapso, la respuesta puede no estar en escalar hacia arriba, sino en arraigarse hacia abajo: cultivar las prácticas, las historias y las solidaridades que puedan llevarnos a través de este umbral no solo con resistencia, sino con alternativas radicales y esperanza.